¡ALARMA: QUE VIENE LA PATRIA!

Hoy hay que hablar de la patria. De las patrias. De los patriotas. De las patriotas. Pero con mesura. No como ellos. Y en síntesis. No como ellos. Como siempre, recurro a las buenas letras. Esta vez, las de Javier Cercas, quien en su Soldados de Salamina nos traza el cuadro de un “patriota” real: Rafael Sánchez Mazas, cofundador de la Falange y que, en sus últimos años, se alejó ostensiblemente del ideario y la realidad del régimen franquista. Y que, por azar, en la guerra civil salvó el pellejo cuando fue fallidamente fusilado por un pelotón de la República y un miliciano decidió no darle el tiro de gracia. También en la novela leemos esto:

patria bis
Se levantaba hacia el mediodía y, después de comer, escribía hasta la hora de la cena; las noches, que a menudo se prolongaban hasta el amanecer, las dedicaba a la lectura. Salía poco de casa; fumaba mucho. Es probable que para entonces ya no creyera en nada. También lo es que, en su fuero interno, nunca en su vida haya creído en nada; y, menos que nada, en aquello que defendía o predicaba. Hizo política, pero en el fondo siempre la despreció. Exaltaba viejos valores -la lealtad, el coraje-, pero ejerció la traición y la cobardía, y contribuyó como pocos al embrutecimiento que la retórica de su partido hizo de ellos; también exaltó viejas instituciones -la monarquía, la familia, la religión, la patria-, pero no movió un solo dedo para traer un rey a España, ignoró a si familia, de la que a menudo vivió separado, y hubiera cambiado todo el catolicismo por un solo canto de la Divina Comedia; en cuanto a la patria, bueno, la patria no se sabe lo que es, o es simplemente una excusa de la pillería o de la pereza.
(CERCAS, Javier. 2001. Soldados de Salamina. Tusquets. Pg. 138).
Hoy no es día de traer a la memoria el pasado sino de encarar el presente arrancándole la máscara a los y las patriotas británicos, iberos, americanos, centroeuropeos…: todos chuscos, ignorantes, falsos, convertidores del legítimo cariño a la comunidad en una suerte de pseudoideología que quiere convertir a esa comunidad en una colmena que fabrique miel solo para los que griten más fuerte. El nacionalismo es como un virus que, en pequeñas dosis,  se comporta como una vacuna; pero en grandes, como una epidemia.

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