¡… ESA NOBLEZA, QUE NO SE PUEDE AGUANTAR…!

 

Si nacemos iguales, ¿por qué algunos y algunas se creen de otra naturaleza o casta? Esta eterna cuestión, tan neolítica y a la vez posmoderna, se la plantea José María Cuadro en su interesante novela histórica La cruz blasfema, ambientada en la invasión napoleónica de 1808. En una escena magistral, con una fina y afilada ironía, explica y despacha con lucidez ese estúpido ideario de la llamada “nobleza” (¡que no se pué aguantá…! ) a través del calvario que la alta dama española Doña Virtudes tiene que pasar al estar obligada a albergar en su palacete a un general francés y su señora. Leed:

No solo la encocora el gasto que todo eso supone , de por sí muy importante, sino que han entrado en su vida como elefantes en una cacharrería. Andan en su casa como si fuera la propia, entran y salen cuando se les antoja sin respetar sus hábitos, manchan tarimas y alfombras con sus botas sucias de bostas y barro…
Pero lo peor es la generala, que se dice también marquesa y la trata sin ningún respeto ni miramiento. Al poco de llegar apareció por su gabinete sin anunciarse ni pedir cita, lo que ya le dio idea clara de su deplorable estilo, y rompió el fuego diciéndole que, como ambas eran nobles, ella estaba dispuesta a ayudarla en aquellos tiempos de estrechez. Doña Virtudes, cortés y candorosamente, le preguntó entonces por el origen de su título y estuvo a punto de darle un sofocón al oír la respuesta.
-Me la concedió galantemente el Emperador -afirmó sonriendo pícaramente-. Ha de saber que en tiempos fuimos muy amigos y me siento orgullosa de ello.
En ese momento saltó a su cabeza cómo obtuvieron sus antepasados algunos de sus títulos. Como el ganado por don Nuño de Trasosmontes, que se dejó la piel en la batalla de Simancas al frente de sus huestes allá por el siglo décimo… Y el de don Sadurní de Mirabet, caballero de la Orden de Santiago, que aguantó firme junto a sus hermanos el brutal contraataque de los Almohades en Las Navas de Tolosa, aun cuando le costase la pérdida de un ojo y de un testículo, a consecuencia de sendos flechazos (…) A fuer de ser sincera consigo misma, también reconoce que cierto título familiar se consiguió por razón de los amores ilícitos mantenidos entre una de sus tatarabuelas y cierta testa coronada, pero ella jamás hace gala de él. ¡Faltaría más!, sería una ordinariez… Y ahora se ve forzada a soportar a un pendón desorejado, cuyo único mérito radica en haberle alegrado la vida a Napoleón…

jm-cuadro-bis

Esta, creo, es la razón de ser de toda buena novela de género histórico: usar el pasado como espejo del presente para poder tener una idea clara de qué queremos para el futuro. En este caso, consolar a los payasos y ponerles delante sin acritud ese mismo espejo. Y J. M. Cuadro lo ha conseguido plenamente.
(José María Cuadro. La cruz blasfema. Esdrújula Ediciones, 2016. Pg. 80-81)

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