EL IMPERIO DE LAS PANTALLAS

 

La razón de ser de esta sección de mi blog es convertir la literatura en una herramienta para vivir mejor en una realidad bien comprendida. Confío en que me acompañéis. Esta vez, os traigo un fragmento de una novela poco conocida de Antonio Muñoz Molina en la que documenta su infancia y las tramas de de su familia. Entre la nostalgia y el documento (y, supongo, también entre el olvido intencionado y el olvido inevitable, como toda autobiografía), nos habla de “aquellos maravillosos años” sesenta. Del impacto de la televisión dice esto:

Mi padre, siempre reservado, prefería no unirse a nosotros. Se quedaba en casa escuchando la radio, o se iba a acostar muy pronto, porque madrugaba siempre para ir al mercado. Decía que aquel invento no tenía ningún porvenir: quién iba a conformarse con aquella pantalla tan pequeña, con las imágenes confusas en blanco y negro, cuando era tan hermosa la lona tensa y blanca de los cines de verano, tan vibrantes los colores en ella, el cielo inmenso de las películas del Oeste, el mar de esmeralda de las películas de piratas, los rojos de las capas y los oros de los cascos de los centuriones en las películas de romanos en tecnicolor. Pero mi madre, mi hermana, mis abuelos y yo, cruzábamos los pocos pasos que nos separaban de la casa de Baltasar como si fuéramos a asistir a una fiesta o a un espectáculo de magia, tomábamos asiento y esperábamos a que el televisor, después de encendido, “se fuera calentando”. Cuando las imágenes ya se veían bien definidas Baltasar ordenaba con su voz grave y pastosa “¡Apagad la luz!”, y su sobrina (…) daba una cotejada hasta la pared y giraba el conmutador de porcelana blanca, y la habitación quedaba sumergida en una claridad azul, como teñida de los mismos tonos azulados de la pantalla, en una irrealidad acogedora y submarina. Veíamos películas, veíamos concursos, veíamos sesiones de payasos, veíamos melodramas teatrales, veíamos noticiarios, veíamos anuncios, veíamos transmisiones de la santa misa, corridas de toros y partidos de fútbol, veíamos series de espías o de viajes espaciales o de detectives que hablaban siempre con un extraño acento que era vagamente sudamericano, pero que para nosotros era, sin más, la manera de hablar de los personajes.
(Antonio Muñoz Molina. El viento de la luna. Seix Barral, 2006. Pg. 44-45)

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El imperio de las pantallas pequeñas es tan grande y omnímodo que un individuo por sí solo no puede medir sus dimensiones ni su poder. No obstante, aquí queda un testimonio de su origen social, de la manera de “ver” televisión en los primeros momentos del impacto. Muñoz Molina no lo ha podido retratar mejor: así son también mis recuerdos, con esos mismos colores y sensaciones de estar asistiendo a espectáculos únicos. Lo que que va de ayer a hoy es técnica e ideología. Las pantallas han ido cambiando de calidad al paso de nuestras mutaciones mentales y emocionales. Pero si nos conformamos con no interrogarnos por qué dependemos tanto de ellas estamos condenados a ser sus esclavos. Y en HD, para que luzcan mejor las cadenas.

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