“COMO SE MIRA EL CAMINO…”

 

Hoy toca darle al palo de la Religión, sí. Para ello os propongo ir de la mano de uno de los autores más valorados internacionalmente a día de hoy. El ameno y sagaz Emmanuel Carrère pone el foco en esta novela en los albores del Cristianismo, en las Cartas y viajes de San Pablo y sus trifulcas con la comunidad de Jerusalén… A la vez que da cuenta de su “yo” personaje/autor enredado (y fiel a su estilo pseudoautogobiográfico) en la investigación bíblica. Pero siempre desde la óptica del agnosticismo que, como dominador del tiempo y la trama, Carrère hace presente en cada renglón de esta genial obra.
La cita es algo larga pero la prosa de Carrère es lo más parecido que yo he conocido a una conversación íntima: no cansa, no aburre, no divaga, no repite, siempre sorprende. Sus alusiones y excursos son tan importantes como la trama central. Mirad:
En Le Levron hay un libro de oro donde a la madre de Hervé le gusta que cada visitante deje una huella de su paso. A mí también me gusta. Hace veinte años me imaginaba que lo hojeaba veinte años después y recordaba mi estancia de otro tiempo. Han transcurrido esos veinte años, hasta los hemos sobrepasado, y me acuerdo de mis estancias de otro tiempo. Me gusta que nuestra amistad se inscriba en esta duración. Me gusta contemplar nuestras vidas como se mira el camino recorrido desde el punto más alto de una excursión de montaña: el fondo del valle de donde has partido; el pinar, el pedregal donde te has torcido el tobillo; el nevero que has creído que nunca conseguirías atravesar; el pasto sobre el cual se extiende ya la sombra. Fui solo a Le Levron en otoño de 1992, trabajé allí diez días de un tirón, y luego llegó Hervé. El libro de oro lo atestigua, y también mi cuaderno de comentarios evangélicos, descuidado con excesiva frecuencia, donde transcribo una de nuestras conversaciones.
Yo me quejo, como de costumbre. Antes me quejaba de no poder escribir, ahora de que hacerlo me satisface demasiado me aleja de Cristo. Fluctuaciones anímicas, escrúpulos, una angustia que utiliza cualquier pretexto. El deseo de calma me agita. El Evangelio se convierte en letra muerta. Lo que me parecía la única realidad se torna una abstracción lejana. Tras una cuesta muy larga, muy empinada, a pleno sol, llegamos a un lago de altitud en cuya orilla hacemos un alto para el pic ni. Sacamos los bocadillos sobre un trozo de hierba en medio de la nieve y Hervé su Bhagavad-Gita. Guardamos silencio un largo rato y después, de sopetón, me dice que en su infancia había una cosa que le sorprendía mucho: que el periquito de su abuela no se escapara cuando le abrían la puerta de su jaula. En lugar de alzar el vuelo se quedaba allí dentro como un idiota. Su abuela le había explicado el truco: basta con colocar un espejito en el fondo de la jaula. El periquito está tan contento de mirarse en él, lo absorbe hasta tal punto su reflejo que no ve la puerta abierta y el exterior, la libertad, accesibles con un aletazo.

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Hervé es fundamentalmente platónico. Cree que vivimos en una jaula, en una caverna, en la penuria, y que el objetivo del juego es huir del encierro. Yo, por mi parte, no estoy tan seguro de que haya un espacio exterior hacia donde volar. No es seguro, no, dice Hervé, pero supón que haya uno: sería una lástima no ir a verlo. ¿Y cómo ir? Rezando. Hervé, que un año antes oponía a mi dogmatismo católico una flexibilidad tan taoísta y abogaba por obedecer a los movimientos espontáneos del alma, ahora insiste en la necesidad de la oración. Incluso sin deseo, sin beneficio. Incluso si al instante le arrastra la corriente de los pensamientos parasitarios, centrífugos -pequeños monos que no cesan de saltar de rama en rama, dicen los budistas-, cada segundo orando, cada esfuerzo por orar justifica el día. Un relámpago en el túnel, un minúsculo refugio de eternidad arrebatado a la nada.

(Emmanuel Carrère. El Reino. Anagrama, 2015. Pg. 112-113).
No sé si estaréis de acuerdo, pero el agnosticismo y la incredulidad de Carrére es pura búsqueda, la consecuencia de no conformarse con las explicaciones fáciles e incoherentes de las religiones oficiales que, aun cumpliendo sus funciones, no completan el anhelo de saber qué hacemos aquí, por qué y para qué hemos tenido capacidad de poner nombres a las cosas, de dónde surgió ese poder… Eso es, creo, la verdadera Religión: la de Carrère y la de todos y todas que aún no han resuelto el puzzle de las respuestas y las preguntas que otros se encargaron de desordenarlo.

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2 thoughts on ““COMO SE MIRA EL CAMINO…”

  1. Elisa dice:

    Completamente de acuerdo, Paco, con tu observación final. La búsqueda, que tarde o temprano, llega a la persona si es mínimamente curiosa e inquieta. Claro, que hay que ser valiente para preguntarse y a veces no encontrar respuestas. ¡Enhorabuena por el texto!

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  2. David Martínez dice:

    Me encanta, felicidades por el post. Este agnosticismo del que se habla me conecta con el libro de Job y a aquello tan trabajado por Chersteston de que quizás la fe es apostar por un sentimiento positivo sabiendo que la respuesta tiene forma de interrogación perenne.

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